De cantar boleros en el Metro de Madrid a hornear pan de Ambato: la historia de un migrante que no cierra ni en agosto

En el sur de Madrid, en el barrio de Puente de Vallecas, una panadería con letras amarillas anuncia «auténtico pan ambateño». Detrás del mostrador atiende Walter Ramiro Villegas Pico, de 68 años, nacido en Pelileo, quien llegó solo a España en el año 2000 y, mucho antes de dedicarse al pan, se ganó la vida cantando boleros en los vagones del Metro de Madrid.

Villegas recuerda esa etapa con particular cariño. Con guitarra en mano recorría los trenes interpretando boleros y baladas que conectaban con pasajeros de distintas nacionalidades, un oficio que llegó a darle ingresos varias veces superiores a los de un obrero de la construcción. No todo fue fácil: en una ocasión un guardia de seguridad lo expulsó del metro y le rompió el instrumento, un episodio que aún recuerda como una de las peores decepciones de su vida artística. Hoy conserva decenas de grabaciones publicadas en YouTube y se sigue considerando cantante profesional.

La música, sin embargo, no le permitía regularizar su situación migratoria. Había prometido a su hija adolescente, que se había quedado en Ecuador, volver para sus quince años, pero sin papeles no podía garantizar el regreso a España. Esa promesa incumplida lo llevó a buscar un contrato formal en la construcción para cotizar a la Seguridad Social, lo que finalmente le permitió, en 2005, traer a su hija y regularizar a toda la familia.

Su esposa, quien había trabajado en el sector financiero en Ambato, también emigró y terminó vinculada al Banco del Austro en Madrid. En esa labor conoció a la entonces dueña de Croquipan, una compatriota oriunda de Pujilí, con quien entabló una amistad que abrió la puerta a la compra del negocio en 2013, cuando los propietarios originales decidieron regresar a Ecuador. La transacción se cerró en 60.000 euros.

Desde entonces, Croquipan se especializa en pan típico de Ambato elaborado de forma artesanal, con manteca de cerdo entre sus ingredientes, y en noviembre suma a su oferta guaguas de pan y colada morada. El local se distingue además por no bajar la persiana al mediodía ni tomarse vacaciones en agosto, una regla que Walter solo rompió durante la pandemia, por obligación.

Aunque ha reducido su jornada y ahora suele dejar el negocio hacia media tarde, es su hija quien toma el relevo y probablemente heredará el negocio cuando él se jubile. Walter ya piensa en volver algún día a Ecuador, donde tiene casa, mientras sigue llegando cada mañana a mantener encendido el horno de la panadería que, según dice, nunca cierra.

Con información de Primicias.

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