Por qué a la ciencia le cuesta tanto demostrar si el ayuno intermitente realmente funciona

El ayuno intermitente —la práctica de restringir la ingesta de alimentos a determinados días o franjas horarias— se ha popularizado como una alternativa capaz de generar más pérdida de peso que las dietas basadas en la simple reducción de calorías. También se le atribuyen beneficios adicionales, como menor riesgo de cáncer y de deterioro cognitivo, aunque estudios recientes han arrojado resultados contradictorios: algunos lo muestran más eficaz que otras dietas, otros menos, e incluso uno sugirió que podría aumentar el riesgo cardiovascular.

Gran parte de la evidencia más sólida sobre sus beneficios proviene de estudios en ratones, moscas y gusanos, donde el ayuno intermitente actuó casi como una solución milagrosa: los animales se mantenían esbeltos y sanos hasta la vejez frente a los que comían libremente. Sin embargo, esos resultados no se han replicado con la misma fuerza en humanos. Según Krista Varady, profesora de nutrición de la Universidad de Illinois en Chicago, en personas el ayuno intermitente produce una pérdida de peso de alrededor del 5%, similar a la de otras estrategias dietéticas, aunque puede mejorar marcadores como el colesterol y la presión arterial.

Las diferencias biológicas explican parte de la brecha: la tasa metabólica de un ratón es mucho más alta que la humana, por lo que un ayuno de 16 horas en un roedor equivaldría a varios días en una persona, según Courtney Peterson, de la Escuela de Salud Pública de Harvard. Además, los ratones de laboratorio suelen ser genéticamente casi idénticos entre sí, lo que no refleja la diversidad de la población humana.

Pero el mayor obstáculo, coinciden los especialistas, es la falta de información confiable sobre lo que la gente realmente come. A diferencia de los animales de laboratorio, cuya dieta es controlada al detalle, los participantes humanos suelen registrar su alimentación por su cuenta, con memoria imperfecta o, en ocasiones, falseando los datos. Varady calcula que solo la mitad de los participantes en sus estudios entrega registros de alimentación confiables, y estudios con agua doblemente marcada —el método más preciso para medir la ingesta calórica real— muestran que las personas subestiman su consumo en cientos de calorías diarias.

Ante esas limitaciones, investigadores como Thomas Wilson, de la Universidad de Aberystwyth, exploran tecnologías que reduzcan la dependencia del autorregistro: cámaras integradas en gafas o collares, tenedores inteligentes y sensores dentales que detectan el consumo de nutrientes, combinados con análisis de sangre y orina. Aunque la mayoría de estas herramientas siguen en fase experimental, la meta es lograr datos tan precisos como los de los ensayos con internamiento hospitalario, sin necesidad de aislar a los participantes de su vida cotidiana.

Con información de BBC Mundo.

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